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El excéntrico rockero español ha dejado de seguir los estándares que marca la música comercial; ahora su intuición es la que conduce el rumbo de sus discos
Victoria Infante
La Vibra
La conversación comienza con un tema que no sólo le indigna, sino que lo evidencia como el artista apasionado que es...
Afortunadamente para él, sus seguidores —los que se dicen fanáticos de verdad— están más interesados en su arte que en su vida personal, y es por eso que Enrique Bunbury es un blanco nada apetecible para los paparazzi y por lo tanto un tema aburrido para las revistas del corazón. Saberlo le agrada.
De su vida privada poco se sabe y en general los medios, cuando hablan de él, se enfocan más en describir en qué vericuetos anda la a veces indescifrable música de este artista, que en indagar con quién está ligado sentimentalmente o en qué paraíso pasó sus últimas vacaciones.
“No me van mucho los chismes y menos sobre mi vida. No creo que haya mucho que hablar de mi vida personal [porque] todos tenemos una serie de características muy similares, inquietudes que te pueden interesar en la vida… pero no creo que la gente deba conocer nada de mi vida privada porque no es lo interesante. En todo caso, creo que por lo que yo estoy aquí con sombrero y con esta ropa, y si me subo al escenario es por mi música”, dice contundente.
Y en efecto, con todo y un atuendo que es una mezcla de rockero lite y un estilo a lo cowboy —o de artista del género norteño, si se quiere—, Bunbury se ha destacado y permanecido como una especie de ídolo intocable gracias a que ha rodeado su carrera con un poderoso halo que lo protege de todo lo que sea ajeno a la música.
“Nunca he estado en una de esas revistas del corazón y que nadie lo intente, porque me parece una bajeza humana [hacer ese tipo de notas]. Me parece que esa clase de periodismo desdice mucho de la humanidad, de las personas que están detrás. Me parece horrible lo que hacen con muchos personajes de la canción y el cine. Cuando veo cómo se comportan los paparazzi me parece repugnante; me parece una profesión vomitiva”, exclama.
Y luego lanza una sentencia mesiánica.
“Cuando llegue el Juicio Final tendrán su castigo, porque eso es de malas personas; hace falta ser muy mala persona para levantar los trapos sucios de cualquiera”, dice, pero luego suelta una risa burlona y confiesa que no es creyente y que tampoco cree que exista el juicio final, pero que sólo por el castigo que merece esa gente debería existir como lo describe la Biblia. Cierra el tema alegando que “todos merecemos el mismo respeto… en teoría, excepto los paparazzi y los políticos”.
Hay una característica en sus uñas: las de la mano derecha tienen el barniz negro desgastado, y es porque la noche anterior ofreció un concierto en un club de esta ciudad, donde presentó su más reciente disco El viaje a ninguna parte, un proyecto cuya principal característica es la abundancia de ritmos latinoamericanos.
“Este disco lo escribí entre Perú y Nicaragua, dos países que han sido muy maltratados”, cuenta el rockero español mientras saborea una cerveza. “Son dos países que por diferentes circunstancias —y por políticos que el pueblo inocentemente escogió— han sido destrozados. Nicaragua por 500 años de abuso y Perú por otros tantos. Arnoldo Alemán fue muy malo para Nicaragua y [Alberto] Fujimori fue muy malo para Perú”.
Son países que Bunbury recorrió de incógnito, donde conoció a sus pueblos y de donde sustrajo mucha de la poesía que está insertada en la letras de las canciones de El viaje a ninguna parte.
“Son dos países que me han enseñado mucho; creo que tienen mucha poesía, la gente tiene muchas ganas de vivir… Me parece que estos países y en general Latinoamérica son la esperanza del mundo; aquí todavía quedan muchas cosas por hacer y eso me hace pensar que no todo está perdido. Se pueden construir países hermosos allí porque la gente es hermosa”.
Aunque no fue ideado de esa forma, El viaje a ninguna parte es una especie de homenaje de Bunbury a la música de América en general. Los ritmos andinos, de tango, rancheros, caribeños, de jazz y blues son las influencias que el artista ha recibido de este continente desde sus primeras visitas, cuando era parte de la banda Héroes del Silencio.
“Haber viajado por Latinoamérica a lo largo de tantos años, pues la verdad sí me ha ofrecido la oportunidad de conocer más profundamente el folklore y la música de raíz de todos estos países, que me parece riquísima y muy bella… Se podría decir que es un homenaje a la música americana que más me ha calado”.
Los temas que compone Bunbury, si bien no encajan dentro de los cánones que establece el mercado más comercial, suelen ser los favoritos de un público que el cantante tiene cautivo, y que ha seguido la trayectoria de este artista y poeta desde sus primeras incursiones en el mundo de la música, hace más de una década.
El grado de complejidad o eclecticismo de sus últimas producciones, por así decirlo, tienen que ver estrictamente con el nivel artístico en el que se encuentra Bunbury, y no con la inclinación por una moda o una tendencia que dicta el mercado.
“[Mis discos] no son un capricho. Lo siento, pero yo ya he cumplido con la parte idiota del mundo de la música, toda esa parte superficial, toda la parte del lacito y el envoltorio y la parte de la promoción exhaustiva. Ahora sólo me interesa cada vez más exclusivamente la parte de la música. Yo soy músico, y hay veces que en esta industria nos hemos olvidado de a qué nos estamos dedicando”, dice el cantante con un tono tan sobrio que parece que quiere dejar de lado todo tipo de dudas. “Yo me dedico a la música, hago conciertos y hago discos. Intento que el resto de las cosas me toquen lo menos posible y supongo que a lo que voy está abocado hacia un abismo en el que cada vez voy a vender menos discos, hasta que prácticamente sólo venda a un grupo de seguidores. En ese sentido estoy más cerca de intentar tener una carrera como la de [Bob] Dylan que como la de Madonna”.
A estas alturas de su carrera, para sus seguidores Bunbury está más allá del bien y del mal. Sus conciertos en el sur de California suelen ser de los más concurridos y al rockero se le venera como sólo se venera a los grandes de la música. Esa posición es la que ha dado a este compositor la seguridad de hacer lo que le venga en gana con su arte, independientemente de lo que opine su disquera, o al menos eso es lo que él dice.
“Tengo 18 años en esta compañía. Es una empresa grande y lo que ellos quieren es que vendan discos, pero eso a mí no me preocupa, pregúntales a ellos si les preocupa. A mí no me importa porque yo sé cuál es mi camino. Creo que lo lógico es pensar como ellos piensan, pero lo único que sé es lo que yo tengo en mente. Pienso yo he hecho muchísimos conciertos y he hecho muchos discos y pretendo seguir haciéndolo. Ojalá eso les parezca interesante a los chicos de la disquera. Por ahora parece que les apetece seguir participando de esta aventura que es la carrera de un señor que se llama Enrique Bunbury”, añade este hombre que se dice ciudadano del mundo y cree que en este estado de su carrera ya no hay dobleces.
Bunbury, quien pronuncia su apellido acentuando la primera “u”, ahora siente que el artista que sube al escenario y el hombre real son el mismo individuo.
“Creo que es por la cantidad de años que llevo haciendo esto; hay un momento en que ya no me bajo del escenario: todo forma parte de la misma persona”, confiesa.
Lo atribuye al estado de locura en el que, dice, está inmerso.
“Eso es en cierto modo El viaje a ninguna parte. Hay un disco de Van Morrison que se llama Too Late to Stop Now. Yo creo que mi disco quiere decir exactamente lo mismo: es demasiado tarde ya. De aquí directamente voy a una residencia psiquiátrica o a un escenario, que son abismos parecidos. No tengo otra opción”
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